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jueves, 16 de julio de 2009

Tener metas claras y estar dispuesto a pagar el precio por conseguirlas

Una vida sin metas se parece a un barco sin un puerto a donde llegar, y por lo tanto agotará su combustible sin haber llegado a un destino específico; de igual manera sucede con aquellos que no dan un sentido a su existencia, un porqué al cual dedicarse durante el tiempo que permanezcan en este mundo.

Tener metas claras es importante para saber qué hacer con nuestras horas. Sin embargo la voluntad no debe quedar allí, en simples anhelos o sueños. Nuestra vida debe agotarse en el trabajo constante, alentado por la serena convicción de que luego de tantos esfuerzos, indudablemente, disfrutaremos de los frutos de nuestra dedicación: la los triunfos, el orgullo de habernos empujado hasta el límite, a pesar de los problemas que se nos ponían por delante, y quizá la satisfacción de comprobar que nuestra devoción haga arder la voluntad de quienes vengan después de nosotros.

Todo esto suena lindo sin duda; pero hay que tener presente que a cada tentativa de triunfar nos saldrán al encuentro infinitos motivos para desalentarnos de la batalla y declararnos fracasados. La triste realidad es que muchos sucumben ante la impaciencia porque las cosas no avanzan al ritmo que desearían y consideran que son muchos los tropiezos que tienen en su camino, y se rinden ante los problemas, muchas veces, antes de haberlos enfrentado. No actuarían así si entendieran que los problemas lejos de ser adversarios, son nuestros compañeros de aventuras, por que demandan más de nosotros. Son precisamente estas adversidades las que van a explotar lo mejor de nuestro carácter y nos harán más sabios, más sensatos, más fuertes, más maduros.

No sucumbiríamos tampoco al desánimo si entendiéramos que el éxito y la realización personal llegan a su propio tiempo, y no de un día para otro como desearían los cobardes, y que necesitan madurar en el trabajo dedicado, todos los días, sin dudar que tanto empeño no puede traer más resultado que la misma victoria.

Una vez comprendido que sólo enfrentado incontables dudas, resolviendo innumerables problemas y venciendo infinitos obstáculos se puede llegar al éxito, el hecho de esforzarse adquiere otro sentido porque va respaldado por la firme resolución que todo lo que nos sucede nos acerca a nuestros sueños.

Este es el secreto de una actitud optimista ante la vida: que todo lo que nos suceda, sea “bueno” o “malo” nos acerca indefectiblemente a la consecución de nuestras metas. Y será este pensamiento positivo y reparador el que nos dará ánimos para seguir adelante, con buena gana, y pese a los problemas.

De todo esto se concluye que la felicidad no es una meta, es una decisión: uno va a ser feliz cuando se decida a serlo, al margen de lo que le ocurra a su alrededor o de lo que posea en ese momento, porque lo respalda la confianza que aquellas desilusiones por las que está pasando no son más que parte del proceso normal de volver realidad los sueños y que es importante que las disfrute también.

lunes, 29 de junio de 2009

Un secreto para ser feliz

Soñar con lograr nuestras metas; hacer lo necesario porque así sean, y luego comenzar a cosechar los primeros frutos de nuestro esfuerzo es para cualquiera motivo de satisfacción y orgullo.

El corazón se enardece cuando comprueba que los sacrificios, el agotamiento, el dolor, en fin las privaciones de ayer toman sentido hoy. Es bello saber que estamos en camino de realizar aquello para lo que nos hemos sentido llamados. Uno de los secretos para vivir feliz consiste en hacer lo que nos gusta, pero hacerlo bien.

Aquel que gasta su existir sin empeñarse en conocerse a sí mismo ni conocer sus potencialidades no será para la memoria del mundo más que un parásito: insignificante y perjudicial.

Todos, absolutamente todos, tenemos la responsabilidad de prepararnos lo mejor que podemos en la escuela de la vida. Sobre nuestros avances, sobre nuestros logros, sobre nuestras experiencias, las generaciones que nos siguen van a ponerse de pie. Es la ley del progreso. Los hombres que llegarán a relevarnos mañana esperan recibir un mundo mejor al que recibimos; ellos a su vez entregarán a quienes los sucedan un lugar mejor donde recibirlos.

Cada quien tiene el deber de conocerse a sí mismo para saber de nuestras potencialidades y explotarlas, y para prevenirnos de nuestros defectos, y erradicarlos.

Tenemos tanto por lo que trabajar y tan escaso es el tiempo del que disponemos que desperdiciarlo en preocupaciones o vicios es una soberana tontería.

Hemos sido llamados a esta vida para ponerla a disposición de los demás, viviendo nuestros sueños, disfrutando de nuestras aficiones y desarrollando tal potencial en lo que hacemos que la pasión por nuestro trabajo y los progresos que éste traiga infundan en los demás los mismos motivos para vivir esta vida de la misma manera que nos inspiraron antes a nosotros.

Sólo así, poniendo gusto en el empeño, disfrutando de nuestro trabajo es que este mundo se puede poblar de maestros aventureros y emprendedores realizados.

Rindo unas palmas a todos los que empeñan el corazón en la tarea para la que se sienten elegidos.

lunes, 1 de junio de 2009

Sobre reconocer nuestros errores

El ejemplo predica mejor que los consejos; y cuando se trata de reconocer nuestros errores no hay nada más efectivo que aceptar con humildad que nos hemos equivocado; así, quienes nos rodean aprenderán también de nuestra cortesía.

El problema no es equivocarnos; somos humanos, nadie lo sabe todo y menos aún cuando nos adentramos en un campo nuevo; más bien nuestro problema radica en cómo vemos el hecho de equivocarnos. Creemos que un error nos diminuye como personas; bueno, si piensas eso, pues deja de hacerlo; porque si te das cuenta un error puede resultar una oportunidad para crecer; si, una oportunidad de aprender de nuestras limitaciones y no volver a caer en el mismo fallo, es decir, aprender de nuestros errores y no volver a cometerlos.

No es malo equivocarse. Malo es no reconocerlo. Pero peor aún es negar que nos hayamos equivocado e intentar justificarlo.

Aconsejar a otros es bueno, pero enseñar con el ejemplo es todavía más efectivo. Muchas veces sugerimos lo que debe hacerse y para vergüenza nuestra no somos los primeros en seguir esas pautas. Nos preguntamos muchas veces por qué es tan difícil que los demás sigan nuestras órdenes y la respuesta quizá se deba a que ellos notan una incoherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Un hermano, pongámoslo así, puede ordenar a su menor que limpie su cuarto pero si éste nota que su mayor no da el ejemplo, pues simplemente, no obedecerá, y peor rebeldía provocará en el pequeño si su mayor se empeña en justificar su negligencia; esta misma dinámica sucede por desgracia entre padres e hijos, dentro de la pareja, entre amigos, etc.

Ante un error, la gente puede asumir una de dos actitudes: o acepta la responsabilidad de su descuido o culpa a otros por su error. Y es que es más fácil encontrar “culpables” que asumir la culpa. No, mejor no digamos culpables, llamemos responsables. Culpable se le dice a quien a cometido un delito, pero responsable es aquél que se encarga de propiciar un resultado.

Decíamos que es más fácil responsabilizar a otros de nuestros errores que asumir la responsabilidad nosotros mismos. Sólo que si rechazamos nuestra responsabilidad sobre algún fallo también estamos renunciando a la oportunidad de enmendarlo.

Los errores no deben ser motivo de vergüenza. Si alguien nos señala un error, lo peor que podríamos hacer es señalarle otro error como respuesta a su observación. Es más, aunque sea verdadera nuestra réplica, no es el momento para hacerla, ni es sensato responder con ella a quien nos da una oportunidad para crecer. Lo mejor que debe hacerse es asentir en silencio, con mucha educación y con mucha humildad que la otra persona tiene razón y que sería sabio esforzarse por no cometer la misma falta.

lunes, 11 de mayo de 2009

Cómo conseguir confianza; cómo funciona la confianza

La confianza; hay muchas líneas que se han escrito acerca de este valor. Ha habido muchos pensadores, incontables escritores y diversos editores que han explicado a lo largo de la historia de la humanidad en qué consiste y cómo funciona esta manera de ver el mundo.

Yo por mi parte no la voy a definir, porque de eso ya se han encargado muchos antes que yo. Pero lo que sí voy a hacer es ahondar en cómo trabaja este valor.

Para cualquiera que se inicie en alguna actividad, digamos practicar artes marciales, jugar fútbol, jugar billar, aprender a tocar guitarra, manejar bicicleta, en fin; éste DEBE creer que lo va a conseguir. Y he aquí la primera traba. Alguien que comienza en la vida y que, por lo tanto, no ha conseguido grandes logros se amilana ante la legión monstruosa de dificultades que se le presentan en el camino.

Sus preceptores o profesores le indican el camino, le enseñan las medidas y los pasos para que consiga lo que anhela pero, dada su poca experiencia en la vida, sus miedos, la pereza, la impaciencia y el compararse con los demás hacen que vaya perdiendo la esperanza. De pronto siente que lo que hace no tiene sentido porque no ve resultados inmediatos.

Al respecto, amigo, yo te explico esto: tanto nuestra mente como nuestro organismo en general necesita tiempo para adaptarse a las nuevas experiencias, a la nueva información, a los nuevos hábitos para que los resultaos esperados comiencen a manifestarse. No pierdas la calma por lo tanto. Aparentemente nada sucede, ningún cambio se realiza. Eso es en el exterior. Si tuviéramos la oportunidad de ver nuestro interior notaríamos que, lentamente, se van produciendo cambios. Lentamente, recuérdalo bien. Por supuesto, mientras más tiempo le dediques a esa actividad que quieres dominar, más chances tendrás de dominarla en el menor tiempo posible.

Es como un ahorro en el banco. Depositas un monto a tu cuenta y al cabo de un tiempo obtienes intereses, pero hubieras conseguido más ganancias si, por ejemplo, hubieses depositado dos veces más; o imagina si hubieras depositado cinco veces más; ¿y qué tal diez veces más? ¿Lo ves? A mayor dedicación, mejores resultados.

La confianza va de la mano con el optimismo y la paciencia.

El optimismo es una manera de ver la vida. Un optimista confía que cualquier experiencia, sea agradable o no, puede redundar en beneficio de quien esté dispuesto a aprender de estas experiencias. Un optimista recoge lo positivo de la vida y no abandona su camino hacia el éxito.

El paciente por su parte se toma su tiempo para aprender con calma. No apura el proceso de aprendizaje. No se critica por no progresar tan rápido como quisiera porque sabe que es un ser único y como tal merece un tiempo para avanzar según sus propias posibilidades. Una persona paciente reconoce que si apura la realización de su obra esta corre el riesgo de salir inconclusa o no tan bien detallada como debe ser.

Dos trabas que podrían hacer perder la esperanza a cualquiera son la impaciencia y el pesimismo. Lo mejor que recomiendo es tomar las cosas con calma y confiar CIEGAMENTE en que tanto esfuerzo jamás va a caer en el vacío; que todo sacrificio no puede tener otro final más que la realización de ese sueño.

jueves, 7 de mayo de 2009

Comienza hoy

Quien espera tener todo a su favor para iniciar una obra se parece a aquel necio que, para cruzar un río, espera que termine de pasar toda el agua primero.

La incertidumbre nos hace dudar de nosotros mismos. Nos produce miedo. Y ello es normal. Cuando no sabemos cómo terminará alguna tentativa nuestra, pues, nos da temor. Hay quienes esperan, sin embargo, no sentir miedo para recién comenzar con un proyecto. Mala idea. Porque miedo siempre vamos a tener. Lo recomendable es hacer las cosas a pesar de nuestra incertidumbre, y el fracaso, en caso de que suceda, no debe intimidarnos si confiamos que esa caída trae consigo una enseñanza, una lección.

Están otros que posponen sus proyectos porque no tienen dinero, o porque afirman no tener la suficiente experiencia, o porque son muy jóvenes o porque son muy viejos. Tonterías, hermanos. Nunca es demasiado pronto ni tampoco es demasiado temprano para comenzar a correr tras nuestros sueños. Sin embargo, ya vemos, más pueden nuestros miedos que nuestras ganas de vivir, de ganar, de triunfar en el mundo y de demostrarles a todos que sí podemos. Preferimos fabricar excusas para aplazar nuestras metas en vez de buscar razones para comenzar a construirlas.

Son nuestras preocupaciones, el miedo a no quedar bien si fallamos, el temor a la vergüenza lo que nos disuade de iniciar una nueva vida, una vida llena de triunfos.

Entonces basta. Decidamos hoy que daremos batalla a la vida y a sus tinieblas de dudas. Nada está escrito, ni siquiera lo imposible. Decidamos que daremos cara a cualquier eventualidad que nos salga al encuentro. ¿Será fácil? No. Pero pensémoslo bien. No tendría sentido, y no valoraríamos nada en la vida, si lo consiguiéramos todo fácil, sin habernos costado nada ¿verdad? Pensemos más bien que las dificultades de la vida son como el tamiz que separa los granos buenos de la escoria. Escojamos entonces: ser como granos que fecundan y mejoran el suelo en que nacen o ser como la escoria que no sirve, y sólo ocupa espacio y se debe arrojar al fuego.

Tenemos una vida tan corta, y tenemos tantas metas en mente, tantos proyectos que esperan ser realizados, que vivir atarantados de temor o paralizados por la duda es una terrible pérdida de tiempo.

Ánimo, hermanos, el mundo tiene la única oportunidad de contar con alguien como nosotros. No lo decepcionemos, no le hagamos esperar mucho.

viernes, 27 de febrero de 2009

No importa lo que suceda sino cómo lo afrontamos

Es interesante el papel de sufridos que nos gusta representar. Si caemos ante un problema lo más lógico sería levantarnos y seguir adelante. Pero lo que sucede muchas veces es que disfrutamos reabriendo la herida y gozarnos con el dolor que nos produce. No contentos con eso, buscamos producir lástima en quienes nos rodean para que los demás “sufran con nosotros”; menuda pérdida de tiempo.

Si fallamos ante cualquier situación en la vida: muy sencillo, identificamos el error, aprendemos del dolor y procuramos no cometer ese mismo error la próxima vez. Sin embargo lo que vemos con frecuencia y, tristemente, lo que hacemos es empecinarnos en reavivar la pena como si ello nos conviniera de verdad.

La vida es tan corta que perder sus contados minutos en quejarse, en maldecir, en criticar o abrigar resentimientos contra los demás es una estúpida pérdida de tiempo. Nada ganamos empecinándonos en sufrir por dolores pasados. Llorando, nadie revive a su muerto.

Que perdamos el tiempo “llorando por leche derramada es una cosa”. Hay que ver, hoy en día, el gran negocio en que hacer sufrir una y otra vez se ha convertido. De todos los dolores en la vida los más complicados son los del corazón, que por estos tiempos la bendita cumbia viene explotando. Da risa. Hay para “todos los corazones”:

1.- Para los resentidos: “Ojalá que te mueras”…de los hermanos Yaipen

“Ojala que te mueras
Que todo tu mundo se quede vacío
Ojala que cada gota de llanto
Te queme hasta el alma
Ojala que no encuentres la calma
Ojala que te mueras…”

2.- Para los que han sufrido: “Ya me alejé del amor”…del grupo cinco

“Si solo he de quedar solo me quedare
del amor y sus amores ya los viví ya los probé
del balance final a la conclusión llegue
de todos mis amores poco reí mucho llore”

…Sólo por poner un pequeño ejemplo aunque las evidencias son más. Cholo lindo y sufrido, papá, si tienes una pena, sea cual sea su causa, olvídate de tu pasado, varommmm, nada logras gastándote con llantos. Y aquí me pongo literato: Gabriel garcía Márquez dijo alguna vez “Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien se las merezca no te hará llorar.” De verdad me llama la atención que quien tenga una pena no luche por liberarse de ella sino más bien se empeñe en hacer la más dolorosa y de ser posible hacer que la gente sufra con uno.

De cien personas a las que recurran estas "víctimas" con sus problemas sólo uno lo compadecerá los demás lo van a repudiar porque su actitud perdedora, suplicante y necesitada no es nada bonita para compartir. Quienes se tracen metas grandes en la vida saben que el tiempo es valioso y no se puede perder en lamentaciones, pesares y demás taras. El dolor es innegable. Pedirle a cualquiera que no sufra es irracional. No somos de palo ni de piedra, pero lo que sí es reprochable es abandonarse y adoptar el papel de víctima con quien la vida ha sido injusta. Si hemos caído en la vida es a causa de un error. La clave, entonces, es no volver a cometerlo en el futuro.

¡Plañideros, fuera de este suelo; nuestro país necesita guerreros que no teman sobreponerse a las batallas!

viernes, 9 de enero de 2009

Felicidad en darse y no en tener

Un error que cometemos la mayoría es no valorar la vida por lo que significa: vivir. Nos han enseñado que para ser felices se necesita dinero, compañía, pareja o reconocimiento y admiración de los demás. Todo eso, sin embargo, es frivolidad. La alegría depende de cada uno; la felicidad resulta no de lo que nos suceda, aunque resulte adverso, o lo que poseamos, aunque no tengamos abundancia, sino de cómo asumamos esa realidad.

Nuestra vida es un paseo breve por este mundo. Por lo tanto es inútil desperdiciarla en quejas o lamentaciones. Si mantenemos nuestra mente dispuesta a aprovechar, inclusive, las enseñanzas de nuestros errores, entonces vale la pena equivocarse. Debemos optar por ver el lado positivo de las cosas. Esta decisión sólo la podemos tomar nosotros. De ahí que siempre se diga que nuestra felicidad está en nuestras manos.

Hay limitaciones que nos presenta el mundo, eso nadie lo niega. Que no tenemos trabajo, que la gente no colabora o nos tratan mal, que los problemas familiares nos afectan. Es inevitable, pero no por ello inmodificable. Muchos hemos adquirido la mala costumbre de vivir para quejarnos en vez de tomar acción ante cada problema. Si empleáramos nuestro tiempo en buscar soluciones en vez de maldecir o desesperarnos descubriríamos con asombro que no eran tan terribles los problemas que nos aquejaban. Incluso si no existiera una solución a nuestras preocupaciones, ¿qué sacaríamos ofuscándonos? Cuando ello nos suceda, no queda otra que aceptar lo inevitable. Así nos ahorraremos disgustos en vano.

Pero aunque el mundo nos ponga infinidad de trabas somos nosotros mismos los que saboteamos nuestro progreso. Nuestros miedos, traumas del pasado, desconfianza en la gente y, lo que es peor, desconfianza en nosotros mismos atentan contra la felicidad que estamos destinados a disfrutar. Muchas veces no resultan ser los otros sino nosotros mismos los que hacemos insoportable la convivencia en familia, en sociedad o en el trabajo. Engañados por nuestros complejos, nos declaramos víctimas cuando, sin saberlo, nos hemos convertido en agresores. Si nos abriéramos a la gente todos los días, si hiciéramos a un lado nuestros temores, sabríamos que la vida no es un terreno adverso y que más bien la mayoría se encuentra ansiosa por conocernos y declararse amigos nuestros.

Finalmente, el hombre se siente limitado por su realidad en contraste con el mundo de fantasía que le ofrece el cine o la televisión. Se nos ha adoctrinado que para ser felices debemos ostentar tal aparato, lucir tal marca de ropa, tener dinero para derrochar o asistir a reuniones exclusivas. Pura vanidad, mera frivolidad.

Deseando mucho el hombre se frustra. Vive engañado porque confía en que su felicidad depende del exterior. Si supiera que no necesita grandezas del mundo para sentirse pleno, haría a un lado sus carencias y disfrutaría de lo que tiene: su vida. Necio él; malversa su tiempo en lamentarse por lo que le falta, pero no agradece por lo que le fue dado. Y por ello muchos no somos conscientes de lo que tenemos: inteligencia, salud, sueños y metas, una casa, seguridad, paz, conciencia tranquila. Pero creyéndonos desdichados lo abandonamos todo por correr tras un espejismo.

El placer y la alegría del mundo son pasajeros e inestables porque cada vez se necesita mayores cantidades para que mantenga su calidad de placentero. El sexo, las drogas o el dinero son exponentes vocingleros de lo que se ha descrito. Encontramos gusto en su disfrute, por un breve tiempo, para caer en la cuenta de que no es suficiente. Y caemos en la angustia, en el desequilibrio de la necesidad. Posiblemente podemos obtener más, y lo vamos a disfrutar, pero nuevamente tropezaremos con la desoladora realidad de la insatisfacción: queremos más.

El mundo no es como nos lo pintan, nosotros podemos crear nuestra realidad con nuestras actitudes. No necesitamos de nadie para ser felices. La felicidad no es una meta es un camino. Y se encuentra más dicha en compartir, aunque se tenga poco, sin esperar lo mismo de la gente que en desear el mundo para uno solo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La realización humana reside en perseguir metas antes que en las metas mismas

Todo aquél que ha decidido el rumbo que va a darle a su vida y que no se cansa de luchar por conseguir sus metas, tiene la mitad de la felicidad asegurada. Pero incluso en el caso de que no logre realizar sus sueños, la aventura de haber invertido su existencia en la persecución de sus ideales ya se considera merecida recompensa a tanto esfuerzo y dedicación.

El hombre encuentra realización en el oficio de enfrentar desafíos. El hombre es un ser nacido para el trabajo y la autosuperación. O sea, aquellos que pierden su vida en lamentaciones o en conformarse están condenados a soportar una triste existencia de anonimato, remordimientos y de potencial propio nunca aprovechado.

Nuestro cuerpo es trasunto vivo de lo que aquí les anuncio: todo lo que no se usa se pierde, el conocimiento no empleado se olvida, así como los músculos que no se ejercitan se atrofian.

Cada uno de nosotros tiene un genio interior, sólo depende de nuestra voluntad y decisión despertarlo. Dicen los sabios que nuestro miedo más grande es saber lo poderosos que podemos ser. Tememos explotar y aprovechar ese potencial infinito que reside en nuestro cuerpo. Se sabe que el hombre promedio sólo emplea el 15% de su capacidad cerebral. Si usáramos el 20% seríamos genios; y con el 25%, héroes. Entonces ¡cuánta capacidad se desperdicia! ¡Cuántos sueños se truncan porque a algunos los domina el miedo y no se lanzan a realizarse en la vida!

Nuestro organismo está construído para ser aprovechado en todas sus formas posibles. Depende sólo de nuestra decisión empezar ahora. No perdamos tiempo mirando al pasado, a lo que pudimos haber hecho, o lo que pudimos no haber dicho. Es inútil: todo ello está perdido, pero nos queda el presente y de cómo vivamos nuestro presente depende cómo vaya a ser nuestro futuro.

El hombre encuentra realización en el arte de soñar y vivir la diaria construcción de esos sueños. No temamos soñar grande. Nuestro cuerpo está preparado para perseguir cualquier meta. No hay nada en el mundo que otros hayan logrado que nosotros no podamos conseguir, si otros han podido nosotros también podremos.

Y una vez que hayamos conseguido nuestro sueño, no perdamos mucho tiempo, tracémonos uno más grande aún. Nuestra vida encuentra sentido desafiando retos. No cometamos, entonces, la necedad de dormirnos en nuestros laureles. No pensemos que hemos llegado al límite de nuestras capacidades. No se nos ocurra que nos puede hacer mal si trabajamos mucho. Nuestro organismo es ilimitado.

Aún si se diera el caso de que no conseguimos nuestros sueños, si dimos todo de nosotros por alcanzarlos, nada tenemos que lamentar, porque no dependió de nosotros, quizá algún imprevisto impidió que coronáramos de realización nuestro esfuerzo. Si eso pasara, situación muy infrecuente en la vida del hombre, nos queda para orgullo nuestro todo lo que hemos vivido. Todo nuestra entrega, toda nuestra devoción. Solo así, de nada podremos pesarnos ante el umbral de la muerte.

lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Luchar con la vida?

Desde pequeños nos han enseñado que vivir se asemeja al acto de luchar; “la vida es una lucha constante”, nos advierten los mayores. Y aparentemente “luchar” sería la palabra que mejor defina al oficio de vivir, porque en la vida al igual que en la lucha se requiere dedicación, esfuerzo y arrojo.

Sin embargo “luchar” encierra connotaciones negativas. La idea de luchar, por ejemplo, implica competir y eliminar “oponentes” para que nosotros podamos vencer. Si consideramos a la vida como una batalla, el fracaso será para nosotros un trauma, un motivo para decepcionarnos en vez de una experiencia que nos edifique. No consideramos otra posibilidad que no sea la victoria, y la sola idea del error nos frustra, nos tensa.

Personalmente prefiero comparar a la vida con un juego. Esa palabra mágica encierra humor, diversión y optimismo. Jugando con la vida necesitamos estar en convivencia con los demás y el hecho de fallar no nos asusta, ¡porque estamos en un juego! Si perdemos, tenemos la posibilidad de jugarlo de nuevo, cuando queramos.

Por supuesto, habrá quienes argumenten que jugar con la vida conllevaría a tomar las cosas a la ligera. ¡NO! No es así. Porque incluso los juegos tienen reglas y todos los que se involucran están sujetos a ellas. Y nadie puede quebrar las reglas.

Está de más decirlo: al principio será difícil jugar, como en todo juego. Pero aprendiendo de los que tienen más experiencia que nosotros, y divirtiéndonos en el proceso, a pesar a nuestros errores, tanta dedicación será recompensada. Hasta que algún día nos toque a nosotros compartir nuestra experiencia con quienes recién se inicien.

El arte de confiar que nuestros errores o fracasos no son trabas ni agujeros que nos impiden avanzar sino peldaños sobre los que pisamos para alcanzar nuestras metas nos hará fuertes para vencer los obstáculos que siempre se nos pongan enfrente. Depende entonces de la actitud, y las palabras con que enfoquemos la realidad. Después de todo esto ¿sigues pensando que la vida es una lucha?