sábado, 18 de octubre de 2008

Sobre el difícil oficio de escribir

No cabe duda: escribir bien exige del escritor más que una terquedad de burro para continuar sin desanimarse. Escribir nada más es fácil. Pero escribir bien es otro asunto.

Tanto los principiantes como los experimentados atraviesan por crisis al momento de cumplir con su oficio. Los desolados primerizos padecen, por ejemplo, la torpeza de realizar algo completamente nuevo mientras que nuestros colegas veteranos se deben cuidar de algún declive en su estilo, porque, justamente, por ser seguidos al milímetro por sus lectores, algún descuido accidental resultaría imperdonable a la hora de las críticas.

Escribir bien demanda paciencia para no dejarse abatir por el desconsuelo. Fuerza y confianza en uno mismo para empezar de nuevo la obra despreciada. No se crea que basta únicamente con buena voluntad. Buena voluntad la tenemos todos. Hace falta decisión para hacer lo que sea necesario hacerse hasta ver coronados de triunfos nuestros esfuerzos.

La satisfacción de haber sido fieles a nosotros es la mejor recompensa que podemos recibir. No hay mayor gozo que llegar al término de una jornada y saber que hemos cumplido con nuestro deber: un deber que nosotros mismos hemos decidido emprender, el de compartir con el mundo entero nuestro propio mundo de palabras y letras.

Les quiero comunicar que he decidido hacer algunas modificaciones. De ahora en adelante a este blog lo dedicaré a artículos de diversos temas: política, futbol, literatura o de opinión. De modo que tejí otro blog exclusivamente para mi producción literaria.

Mi blog alterno es: pablorubirosa.blogspot.com

miércoles, 20 de agosto de 2008

Engaña y dividirás

Habían nacido dos becerros de la misma vaca. Ni bien hubieron pisado el mundo, ambos mugieron enérgicamente, como haciéndose conocer de buena gana.

Desafortunadamente no tardaron en ser separados. Uno se quedó donde había nacido, con los campesinos, bajo las estrellas y junto al sol. Mientras tanto, el otro fue llevado a la ciudad por unos señores tan serios como apurados. Vestían de etiqueta. Daba la impresión que aquellos hombres se interesaban más en regatear el precio que en adquirir al animal.

Así, ambos hermanos no supieron del otro desde entonces.

Muchos años después, sin embargo, las circunstancias los unieron en un ruedo.

Por aquellos tiempos los diarios anunciaban la invención de maquinas inteligentes de arado que trabajaban por sí solas; así también se publicaba el descubrimiento de carne a base de plantas, que aseguraba el gusto por la ingeniería en los niños que la ingieran. Con todo ello, se vieron innecesarios los bueyes y las vacas.

Al Presidente de la República se le ocurrió, entonces, construir una plaza de toros.
Allí se celebrarían, para deleite de quienes pudieran pagar, enfrentamientos entre los rumiantes. Precisamente allí habían sido conducidos los hermanos. Pero no podían reconocerse. Y ambos no pensaban más que en eliminar a su oponente.

Ya llevaban mucho tiempo luchando. Y ya estaban sangrando, pero al público parecía no importarle. Estaban tan entretenidos calculando los beneficios que sus inversiones les redituarían; así como pensando en qué podían volverlos a invertir, que no tenían tiempo para interesarse en los dolores de quienes los habían alimentado con su carne a ellos y a sus hijos.

Finalmente, de manera inesperada, y para complacencia de la concurrencia, ambos se desplomaron sobre el ruedo, con sus cuernos clavados en el cuerpo del hermano.

Asimismo, hombres peruanos, hace dos décadas, hermanos contra hermanos nos vimos enfrentados. No nos habían puesto más objetivo que eliminar al otro para sobrevivir nosotros. La población peruana fue enrolada en una lucha irracional fomentada por los poderosos. Mientras nos liquidábamos, otros nos contemplaban a distancia.
Por un lado, las fuerzas armadas, enardecidas y adoctrinadas en la constitución, salían a someter a quienes atenten contra la integridad y la democracia de la patria. Por otro lado, los campesinos, testigos y sobrevivientes de un centralismo indiferente veían en sus hermanos uniformados a un peñasco que les impedía conseguir justicia; un peñasco del que sólo se desharían desabarrancándolo.

sábado, 16 de agosto de 2008

Error y amarguras

Su madre se lo había advertido: “Cuídate de hacer el mal o te vas a pesar por ello”.

Era domingo, aún muy temprano, pero Pablo Viera, como un condenado esperando su ejecución, no pudo conciliar el sueño en toda la noche. Fueron las horas más angustiantes de su vida.

Aunque no tenía siquiera treinta años, los estragos de una vida agitada y concupiscente ya enturbiaban su semblante. Parado frente al espejo del baño, contemplaba, asqueado, la degeneración que su reflejo le devolvía. La vigilia de preocupaciones le había amargado el ánimo. Se encontraba en un lío. Y no había más responsable que él, lo admitía.

Sucede que hace cuatro meses que se estaba acostando con Celeste Montalván, una cuarentona desposada con un matarife tan suspicaz como inescrupuloso. Vendía fruta en el mercado para ayudar a solventar los gastos domésticos. Su marido, un diabético cincuentón y cascarrabias, hace tiempo que no le cumplía como hombre. Su régimen de trabajo le permitía permanecer tres días con la esposa para luego viajar a provincia y no regresar hasta la siguiente semana. Por ello, consciente de la deslumbrante vigencia de su mujer, tuvo muy presente resguardarla de los buitres en su ausencia, y qué mejor que encomendarla a sus hermanos, pues en la vida se le iba a ocurrir que eran ellos los primeros en intentar “adornarlo”.

Un día que Lorenzo Alvarado, el marido de Celeste, se encontraba en casa tratando de componer una radio, sin querer, produjo un cortocircuito. Entonces llamó a un electricista. Ya que no tenía cómo pagarle, acordaron que se quedara a almorzar en casa. Al término de la comida, Celeste había quedado fascinada. Aquella calculada indiferencia a la que se vio sometida durante la conversación hizo renacer en ella el sentido del desafío. Ya se retiraba el menestral cuando Lorenzo le pidió a su mujer que lo acompañe a la puerta. “No nos ha dicho su nombre” lo tentó camino a la salida. “Pablo, Pablo viera” respondió él. “Bueno, Pablo, ya conoce la casa” le susurró ella.

Su madre lo había visto salir de aquel lugar. Conocía de sobra la sumisión que aquella mujer ejercía sobre los hombres. Aunque no sospechaba de su hijo, la inquietud empañó su corazón. “Esa mujer puede ser hermosa, pero sus pasos corren a la perdición. Se te puede insinuar, pero recuerda que es casada”. Siempre sucedía así. Cuando Pablo tenía un embrollo en mente, su madre, al verlo tan ensimismado, le alcanzaba alguna anécdota que a veces lo disuadía de sus tentativas. Era como si le leyera la mente. Ese fenómeno sólo podía explicarse como una manifestación del Espíritu Santo presente en su madre.

Aprovechando la ausencia del marido. Pablo acudía a la casa para inspeccionar las instalaciones y no salía hasta muy entrada la noche. Tantas visitas despertaban la envidia de los vecinos y la indignación de las señoras.

Para cuando se dieron cuenta, los amantes estaban en boca de todo mundo. Mal pagarían su travesura. Cuando Lorenzo se enteró de la traición, canceló sus compromisos con una empresa prometedora y tomó el primer bus de regreso. Tenía pensado desamparar a la felona en un divorcio devastador. En cuanto al atrevido, no veía mejor castigo que un duelo de navajas.

Pablo no calculó la envergadura de las consecuencias que su insolencia le acarrearía. Su madre lo había prevenido de enrolarse con mujeres casadas. Como si no fuera suficiente con su arrepentimiento, recibió una llamada que terminó por desconcertarlo. Era el marido burlado: “Quiero que estés listo, porque cuando llegue te voy a matar”.

No pudo dormir en toda la noche. El tormento de escalofríos lo llevaron a reflexionar sobre su situación antes de acostarse con su vecina. Había llevado su vida sin preocupaciones: sin emociones, pero tranquila después de todo. Por darse aires de Don Juan iba a perder el pellejo. Si hubiera escuchado a su madre, no estaría degustando aquel cáliz amargo. En momentos como estos se le antojaba creer que las madres siempre tienen la razón.

viernes, 1 de agosto de 2008

Si Dios existe… ¿Por qué se permite la injusticia en el mundo?



“El que está arriba es un sádico que se goza viendo cómo sufre el hombre.”
Al Pacino en El abogado del Diablo.

¿Cómo Dios puede dejar impune tanta maldad? La respuesta es: Porque Dios ama a la humanidad. Si: Dios tarda en castigar a los malos porque espera, con paciencia infinita, con amor de Padre, que el hombre se de cuenta de su error y pida perdón. Y Dios, que no alberga rencor en su corazón, concede perdón a todo aquel que se lo pida.

Puede ser difícil de creer esto, lo sé. Yo les propongo el siguiente caso: Un rey tenía dos sirvientes, que por deudas iban a ser ejecutados. Uno le debía cien talentos; el otro quinientos talentos. Pero a ambos los absuelve. ¿Quién le estará más agradecido a su rey? Aquel a quien le perdonó más. Jesucristo proclamaba: “Aquel a quien se le perdone más, más ama.” Lo mismo sucede con el Hombre: ese que en un primer momento abusaba de su prójimo, cuando abra los ojos, y se de cuenta de su falta, su pesar lo hará desistir de sus errores. Entonces otro santo habrá nacido.

Sólo quienes se han equivocado demasiado, saben que la naturaleza del hombre tiende al error. Nadie. Nadie es lo suficientemente justo como para juzgar a su hermano. Y ese es otro defecto que tenemos. Nos gusta exigir el castigo para los demás porque creemos que nosotros somos inocentes. No seremos criminales ni corruptos. Pero lastimamos, mentimos, ilusionamos, engañamos o nos aprovechamos de cuantos podemos. Sin embargo afirmamos que somos inocentes. Habría que ponerse a meditar a cuántas personas hemos hecho daño, de lo contrario siempre creeremos que los demás sí merecen una pena, y nosotros no.

Por otro lado aquellos que en el pasado hicieron mucho mal, reconocen que son nadie para condenar a quienes caen ahora. Aceptan con paciencia que si lastimaron, nada pueden reclamar a quienes los lastimaran. No acogen venganza en su corazón sino pena por sus malhechores.

La triste realidad es que el Hombre no sabe perdonar. Si alguien lo ofende, exige inmediato desagravio, al precio que sea. Dios por el contrario, que es consciente de las imperfecciones del hombre, no cede a la ira, sino lo mira con amor, por que sabe que esa persona vive en error, vive engañado. El hombre malo antes de perder a los otros, se pierde a sí mismo. Y Dios, como Buen Padre, está a la espera de nuestro regreso a su lado. Y no nos jala hacia él, sino que espera nuestra voluntad, aunque le tome cien años.

¿Qué sería del hombre si Dios sancionara nuestras atrocidades o crímenes de inmediato? ¿Qué pasaría si Dios cediera a la ira inmediata y no nos diera chance de rectificar nuestros caminos? ¿Realmente el hombre tiene derecho a juzgar a los demás? ¿Realmente el hombre es tan inocente como cree?

sábado, 19 de julio de 2008

CLAUDIA

Era inevitable. Claudia Alvarado sentía perder el control de sí misma cada vez que pasaba Fernando Larrañaga. Estudiaban en el mismo salón, pero él no le había hablado jamás. Si bien ella veía cruel e injusta la indiferencia con que la trataba, encontraba, por otra parte, en aquel desinterés, su más desafiante atractivo. La frustraba el hecho de saberse codiciada por todos los hombres de la promoción, pero dejada de lado por aquel en quien se interesaba.

Gabriel Asto, por su parte, no dejaba pasar ni un día sin pensar en Claudia. Vivían en la misma calle; se conocieron cuando eran niños, y habían sido compañeros de salón desde primaria. Desconocedora de lo que él sentía hacia ella, Claudia no era, pero no se había permitido verlo más que como amigo para no estropear con una relación su amistad.

Julia, la madre de Gabriel, estaba también al tanto del amor no correspondido de su hijo. Por momentos se conmiseraba de su desdicha. Y muchas veces había tratado de disuadirlo de su idilio. Sin embargo, desoyendo las sugerencias de su madre, Gabriel confiaba que, tarde o temprano, Claudia sucumbiría a los encantos de su apasionada perseverancia.

Claudia no negaba que determinación y paciencia fueran atributos ajenos a Gabriel. Disfrutaba estando a su lado. Le gustaba que la hiciera reír. Exudaba confianza en sí mismo y ello la había reconfortado en muchas ocasiones. Pero ni en lo más remoto de su corazón se le ocurriría pensar que aquella seguridad podría convertirse en amor. No era la esquelética presencia de Gabriel lo que la desalentaba, ni su aspecto de abandono de gato techero lo que le impedía aceptarlo; sólo que en ese momento su pasión desmedida por Fernando Larrañaga no le hacía considerar más pretendientes que él.

Una tarde, en una reunión de amigas, le revelaron a Claudia sobre el interés de Fernando, solo que él no sabía cómo acercársele. Fueron las amigas las encargadas de orquestar el encuentro. Acordaron que aquel día que Fernando acompañaría a Claudia a su casa, ellas se encargarían de entretener a Gabriel. Pero, a la hora de la verdad, Fernando sufrió un acceso de timidez, y a último minuto decidió que mejor la acompañaba otro día. Cuando Claudia salía del colegio, era Gabriel quien la esperaba sonriente en la puerta. Se había enterado del ardid por la mañana, había burlado la vigilancia de las amigas, y había ayudado a escapar a Fernando. “No te preocupes, hermano: siempre pasa; para otro día será”, lo había alentado mientras lo palmeaba en el hombro. Claudia, por su parte, tomó la indisposición como un comprensible contratiempo de último momento, no como falta de decisión.

Se arreglaron otros encuentros. A todos declinaba Fernando a último momento. Y siempre estaba allí Gabriel para ayudarlo a salir. La verdad era que tantos contratiempos de último minuto a Claudia ya le parecían sospechosos. Después de tanto esperar, resolvió que Fernando Larrañaga había sido sólo una ridícula fantasía en su vida. La idealización con que lo había exaltado se desmoronó por la pusilanimidad que él demostraba. Terminó por desalojarlo sin drama de su corazón.

Para la inauguración de los juegos florales se decidió que un alumno de la promoción saliente apertura el evento con un poema. Ante la sorpresa de todos, Gabriel se ofreció voluntario. Le recordaron que asistiría el mismo alcalde, y que cualquier error sería sancionado por el director en persona. Sereno, Gabriel reafirmó su decisión al profesor, ante las miradas de asombro y el murmullo de los celosos.

A pedido de los profesores, le pidieron también que inicie la ceremonia con un discurso de bienvenida al alcalde. El día del evento, bajo el esplendor del mediodía, todo el colegio se apagó en un silencio de estupor, porque no esperaban que aquel sapo alargado exhalara tanto dominio de escena como autoridad sobre las masas. Casi terminaba de declamar sus versos altisonantes, cuando Claudia comprendió que era él a quien ella deseaba. Sonreía extasiada, porque la sedujeron la distinción y la fuerza con que él hablaba.

martes, 27 de mayo de 2008

Aunque no sea conmigo

Cuando Gonzalo Mayma la vio acercarse, sintió en los muslos un desvanecimiento helado, un imprevisto ataque de vacilación; cuando oyó cerca de sí la resonancia de sus tacos, su vientre se rebeló en un calambre inoportuno; cuando ella hubo pasado, no pudo más que aceptar otra íntima derrota y recriminarse su cobardía. Había vivido nuevamente la desoladora parálisis del miedo.

Siempre que veía a Luisa venir, abandonaba lo que estuviera haciendo en el taller de su padre para pararse junto a la entrada. Tenía en mente hablarle. Pero no tenía la más remota idea de qué podría decirle. Quería que fuese algo creativo, divertido; audaz, aunque no agresivo. Sin embargo, mientras más buscaba, más confundido se encontraba. Parado bajo el dintel del taller, con el corazón estallándole de ansiedad y desoyendo los llamados de su padre, Gonzalo la esperaba con la excusa apropiada, pero al último minuto, lo atacaba la duda y la inseguridad echaba por tierra cualquier argumento valedero. Entonces el pánico lo soldaba en su sitio mientras ella terminaba de pasar, y su padre, rezongándolo, le ordenaba que regrese a trabajar.

Luisa había llegado al barrio un Sábado de Gloria por la mañana. Ni bien la vieron, los muchachos de la calle estuvieron de acuerdo que era innecesario asistir a misa ese día si tenían al paraíso frente a ellos. Desde el primer momento que llegó, hizo sentir su poder sobre los hombres. Decidía quienes iban a las fiestas con ella; determinaba quién no iba a las fiestas; disponía del tiempo que permanecerían allá. A donde quiera que fuera, una jauría devota y solícita le seguía los pasos. Bastaba con una palabra suya para que algún desatinado fuera echado del grupo.

Gonzalo no se atrevía acercársele. Su padre ya lo había disuadido muchas veces por si acaso: ¡ella jamás se fijaría en el hijo de un carpintero! Entonces, con el mundo en su contra, regresaba a trabajar, olvidándola para siempre. Así pasaron dos años. Luisa continuaba ejerciendo su autoridad, y los muchachos obedeciendo sin objetar. Pero de pronto, Gonzalo notaba en ella cierto contoneo inusual en su andar cuando pasaba junto a él. Incluso le pareció que el ruido de sus tacos se volvía voluntariamente evidente cuando pasaba junto a la ventana del taller. Una tarde, absorto, mientras terminaba de cepillar una mesa, levantó los ojos y casi se rebana un dedo con el cepillo cuando presenció cómo ella bajaba la miraba con un mohín de quien fue pillada en una travesura. No se lo contaron a nadie, pero lo que descubrieron por casualidad, se volvió una necesidad para ambos. Desde ese momento buscaban sus miradas en la calle. El abandonaba a su padre por ir a verla desde el taller, y ella se desentendía de los muchachos por verlo a él, y sostenían la mirada todo lo que pudiesen, porque ninguno quería perder en esa guerra callada y sensual. Así pasó un año y medio. Y durante ese tiempo Gonzalo no se le había acercado ni un milímetro desde que se vieron a los ojos por primera vez. Ya que la indecisión lo frenaba, el se contentaba con mantener el contacto de miradas. Pero ella se cansaba de esperar, así como se cansó de los muchachos. La acompañaban a su casa otros chicos, no en grupos, pero sí uno por vez. Junto a ellos Gonzalo se encontraba feo, incapaz de encender la más leve emoción en una mujer. ¡Pero lo había hecho! Hacía tiempo que Luisa no aparecía por el taller. Gonzalo extrañaba sus insinuantes tacos. Sin embargo, una noche, cuando cerraba el taller, la vio salir más hermosa que nunca con un vestido entallado y pararse sola frente a su puerta. Era el momento que él había estado esperando. Sin dudarlo salió de su casa con la resolución de hablarle de lo que fuera, a enfrentar lo que sea y a asumir sus consecuencias. Ella lo vio aproximarse con la seguridad más agresiva del mundo, y sintió miedo. ¡Hola! la saludó él con la voz bien timbrada, sin tartamudear. Exudaba seguridad y ello lo sorprendió. Pero lo llenaba de orgullo hacia sí mismo. Iba a decirle que quería que fuesen amigos, cuando salió un joven de ademanes imponentes, y tomándola por la cintura, la besó en los labios para luego regresarla a la casa ¡es mejor que pases, mi amor, no quiero que te resfríes! Le oyó decir. Solo, sin más testigos que los faroles de la calle, serenamente regresó a su casa. Y rió con ganas de lo que acababa de sucederle. Resolvió que nadie lo iba a saber después de todo. Si bien no salieron las cosas como esperaba, cayó en la cuenta de que había vencido su miedo más humillante. Se sorprendió del aplomo con que afrontó el desenlace.

lunes, 12 de mayo de 2008

APOLOGÍA A LAS MADRES… TAMIZADA POR LA SABIDURÍA

Una mujer muy sabia me alcanzó algunas observaciones. Me hizo entender la emoción con que las madres esperan el segundo domingo de mayo. La sola ilusión de que pueden recibir algún detalle por parte de sus hijos, disipa de sus corazones cualquier rescoldo de amargura. Porque las madres no conocen el resentimiento. Porque para ellas ningún hijo es malo, sólo desconocedor.

Entonces, ningún hijo, por más indigno que fuese, tiene derecho a estropearles el entusiasmo. Ahora ya lo sabemos, ellas esperan un regalo. Debo apuntar, sin embargo, que el reconocimiento a nuestras mamacitas no debe reducirse a un solo día. En nuestras conciencias, el calendario debe funcionar de manera más agradecida: la semana de la madre, el mes de la madre, el año de la madre, la década de la madre...